por Paco
Buenos Aires, Argentina.
2 de abril de 2026.
El clima. Pareciera un dato de color. Un comentario coloquial y cotidiano entre vecinos. Un concepto de manual de escuela primaria.
Las Islas Malvinas, ubicadas en el Océano Atlántico Sur, a unos 465 km de la Patagonia y a unos 950 km de la Antártida recibe un vientos australes constantes. Constantes.
La constante en las Islas Malvinas es el viento. Nada lo detiene. Imposible no sentirlo, no escucharlo, no recibirlo en el cuerpo.
Unos 80 días estuvieron apostados a la intemperie los soldados argentinos. En su mayoría jóvenes sin entrenamiento, ni equipamiento, ni abrigo, ni calzado, ni alimentos adecuados para resistir el otoño e invierno en esa región inhóspita, cuando las ráfagas alcanzan fácilmente los 100 km/h y los días son cortos, nublados, lluviosos y nevosos.
Pero el viento. El viento golpea. Seca ojos, raja labios, paspa nariz. Aturde. Abruma al sistema nervioso. Cuando se encuentra refugio, la ausencia del viento se siente inmediatamente. El cuerpo se relaja y sale del estado de resistencia permanente contra la naturaleza.
Los soldados fueron expuestos a condiciones climáticas extremas, en la turba malvinense, durante más de dos meses, empapados con humedad marítima, lluvia helada y nieve, en condiciones de alimentación paupérrimas. ¿Se logra dimensionar sensorialmente el estado en el que estaban al comenzar a recibir bombardeos y ataques terrestres de los militares profesionales de la OTAN?
Esta guerra fue un acto improvisado de un gobierno negligente. Pero al mismo tiempo, debemos reconocerle a los veteranos el coraje vital que encontraron en su interior para aguantar tanta desidia y violencia. También poner en valor los actos heroicos y la valentía presente en su hermandad y solidaridad mutua en ese terrible campo de batalla. Y abrazar espiritualmente a los más de 500 veteranos de esa guerra innecesaria que se quitaron la vida después de sufrir en carne propia tamaña vejación de su humanidad y el flagelo posterior.
El viento de Malvinas se impone. Sopla una memoria constante, escalofriante e imposible de narrar.
El viento de Malvinas impacta en el cuerpo. Con el cuerpo en Malvinas se ensaya una vivencia indescriptible.