por Paco

Buenos Aires, Argentina.

2 de junio de 2025.


  1. Salíamos a las 5:00 de la tarde de la Escuela N°5 «Mariano Moreno». Con Maxi, un gringo petiso hijo de un policía bonaerense con quien me había agarrado a las trompadas el año anterior, y Diego, un lungo colorado pecoso recién llegado de Posadas. Caminábamos tres cuadras hasta la Panamericana. Bajábamos la rampa corriendo; zapateando los últimos metros para frenar la inercia.

Nos tomábamos el 71. Los colectiveros veían los guardapolvos blancos y nos cobraban boleto escolar: $ 0.10. A veces, $0.05 si eran piolas. Dos de nosotros pasábamos, el último ponía todas las monedas juntas en la máquina que marcaba el importe en color verde en una rústica pantalla digital rectangular del tamaño de un celular de hoy en día. Tenía una boca de plástico semicircular, como un cuenco, como la boca del Sapo. En el interior, invisible, había una especie de ruleta vertical que tragaba las monedas de a una. Luego de cobrar, la máquina dejaba caer suavemente los boletos en un compartimento metálico con una tapa plástica que se movía hacia adentro y evitaba que boletos y vueltos salgan volando.

Tocábamos timbre en Crisólogo Larralde y Galván. La parada del bondi tenía un techo de chapa cóncavo todo oxidado sostenido por cuatro caños despintados. Siempre había hojas de eucalipto en el piso, que era de pavimento y estaba rajado y levantado por las raíces de algunos árboles. Caminábamos esa media cuadra hasta la entrada del predio preparándonos para lo siguiente: recorrer el largo pasillo a cielo abierto desde la puerta hasta el quincho del buffet, viendo a nuestra derecha la cancha donde jugaban los pibes federados en AFA los fines de semana. Siempre algún comentario hacíamos sobre ese campo tan pulcro y cuidado. Diego observaba la belleza y la describía, Maxi se prometía y manifestaba con seguridad llegar a jugar en esa cancha algún día.

A los 12 y 13 años en los ‘90, el status deportivo se medía por si lograbas ser convocado al equipo que jugaba el torneo AFA. Todos querían ser fichados.

En el buffet, el menú habitual era un Jorgito de chocolate y una Cindor de vidrio. Con $2 alcanzaba para merendar antes de entrenar. Íbamos tres veces por semana a practicar. Los miércoles era solo preparación física. No nos gustaba. Algunos ya tenían la picardía de esconderse un par de vueltas de precalentamiento detrás de los troncos gruesos de los eucaliptos. Pero los profesores eran grandes educadores. Nos enseñaron sobre compromiso y la disciplina, sobre nuestro cuerpo y la necesidad de prepararlo bien para hacer deporte y no lastimarlo.

Los sábados a la mañana jugábamos un partido del torneo que organizaban entre las escuelitas de fútbol de los distintos clubes de barrio de la zona.

Éramos tantos pibes en este club que los profesores nos dividieron en varios equipos. Cada uno llevaba el nombre de un jugador de Primera División: Equipo Dalla Libera, Erbin, Islas, Chatruc. Yo estaba en el Equipo Spontón, junto a Diego, que era arquero.