por Paco

Buenos Aires, Argentina.

12 de septiembre de 2024.


¿Qué pasó? Esa es la pregunta esencial. La cuestión primordial. Cuando no se logra responder esa pregunta, en ese preciso instante comienza la confusión, la duda, se erige la incógnita.

Como documentalistas estamos incentivados a desandar el camino y buscar respuestas hasta llegar al punto de inflexión fáctico, a la bifurcación de los senderos, al comienzo del conflicto, a la puerta de entrada (o salida) al caos.

En el plano relativo, tal vez podríamos llegar a un momento, un punto en la línea de tiempo que refleja la separación, la división entre los hechos y las percepciones. Las opiniones a partir de allí son la subjetividad que reina en el relato y opaca los sucesos. Incluso, las posteriores interpretaciones de las opiniones son la meta-subjetividad que nos pierde aún más profundo en la jungla mental que se aleja de la descripción de la realidad común.

Por eso podemos aseverar que el trabajo de quien recaba información y construye una narrativa documental, navega entre lo periodístico y literario. Pero una literatura de no-ficción.

Para aclarar hay que investigar, reordenar y renombrar.

Cuando este ejercicio está acompañado de un estilo estético verbal, visual y sonoro, se acentúan los giros y momentos críticos que nos llevan a un entendimiento más claro, más prístino. Una comprensión más acabada del mundo, de los otros, de nosotros… y de lo que pasó entre esos tres conceptos. Definitivamente, entre nosotros, los otros y el mundo está el pliegue que nos incomoda. Es decir: entre el propio Yo en contraposición a otros Yo –los ajenos, los extraños– que operan constantemente sobre hechos que nos tienen como protagonistas todos (a mi Yo y a los otros Yo), y en tercer lugar emerge la perspectiva de la Humanidad en su conjunto sobre el tema en cuestión. La ética. El bien y el mal que dirime qué camino es el correcto, allá, en la división fundacional entre hechos y desechos.

Estos ejercicios documentales en retrospectiva están en boga. El sub-género “True Crime” ejecuta una y otra vez esta mecánica para saciar la sed de los espectadores que ansían hacer y rehacer estos recorridos lógicos para entender. Algo. Lo que sea. No importa mucho qué, más bien importa la fórmula narrativa para que el espectador sacie el ejercicio cognitivo y se encuentre con la satisfacción del misterio develado después de la adrenalina sostenida por el suspenso.